Las señales de la ira

Desarrollando nuestra capacidad para leer los mensajes no verbales de los demás, podemos evitar situaciones de conflicto, anticipándonos a una reacción violenta o, si no hay más remedio, buscando una salida para huir cuanto antes. Hoy hablamos de las señales de la ira.

La ira es una emoción primaria que sentimos cuando creemos que algo no va bien y nos puede afectar de alguna manera. Puede ser que percibamos una amenaza a nuestra integridad física, a nuestra autoestima, a nuestros seres queridos o a nuestras pertenencias. Hay otros motivos como el no compartir ideas políticas, los celos, etc.

Se trata de una reacción natural que tiene como objetivo la autodefensa y un eventual ataque para defender lo que creemos justo. Pero en realidad, esta reacción a veces es irracional, desproporcionada e incluso indeseada por la persona que la siente.

Esta reacción conlleva un excedente de energía y estos son los síntomas más evidente:

  • Movimientos y gestos para ganar volumen y demostrar así fuerza y superioridad: ponerse de pie, caminar como tigre enjaulado, hinchar el pecho, levantar los brazos, adelantar los puños, ponerse en jarras, levantar la cabeza desafiando, agarrar objetos para tirarlos.
  • Adelantar el cuerpo preparándose para el ataque.
  • Aumentar el volumen de voz para amedrentar o simplemente para expresar la rabia.
  • Ataques verbales con insultos y amenazas.

Sin embargo hay situaciones en que no llegamos a manifestar abiertamente esta rabia, reprimimos la expresión de la ira porque creemos que es lo más prudente, porque sabemos que es una señal de debilidad ante terceros, por nuestra posición jerárquica inferior, etc.

En estos casos, entre la auténtica emoción y la voluntad de ahogar o disimular  esta tensión se escapan unas señales, más o menos sutiles que  nos delatan ante un buen observador.

En el rostro

Se adelanta la mandíbula, se cierrran la boca y los dientes, se aprietan los labios, mientras se abren los orificios nasales para expulsar más aire. Pueden rechinar de dientes.

Puede que baje la cabeza y la barbilla vaya hacia el pecho, como si nos preparáramos para envestir. Los ojos se entrecierran y el ceño se frunce. Miramos hacia la persona que ha causado nuestro enfado. O miramos hacia abajo si queremos evitar el contacto visual.

Ponerse rojo de rabia o palidecer también son señales muy frecuentes.

En el cuello

Se hinchan las venas del cuello, se tensan los músculos. En las mujeres es perceptible en un escote y cuello con manchas rojas.  Es fácil ver en los hombres como se pasan el dedo por el cuello de la camisa o se aflojan la corbata como si se estuvieran ahogando.

En las manos

Las manos nos dan muchas pistas. Si están abiertas es difícil que una persona esté muy tensa o enfadada. Cuando están cerradas y los pulgares hacia adentro está acumulando una intensa energía negativa. Se pueden llegar a clavar las propias uñas. Otros indicios son las pequeñas autolesiones en los dedos, los cruces de dedos con tensión, hacer crujir los huesos, golpear un puño con la palma de la otra mano, repicar con los dedos en la mesa o mover con energía un objeto.

En el tronco

Según el momento. Si esta persona ya está dispuesta a defenderse o a atacar, el pecho va hacia afuera. Si todavía está en la fase de intentar reprimirse puede estar hacia adentro buscando una posición de cierre, incluso cruzando los brazos. Lo que es importante percibir es el ritmo de la respiración porque con la ira se acelera el ritmo cardíaco y la respiración se hace más evidente. Incluso se puede escapar algún resoplido.

En los pies

Tanto hombre como mujeres tendemos a buscar la estabilidad para poder tener más presencia y más fuerza si tenemos que pasar a la acción. Separamos los pies y buscamos inconscientemente la simetría. En una fase de disimulo, uno de los gestos que nos puede delatar es dar taconazos o picar el suelo con la punta del zapato.

En la voz

Cuando nos mostramos abiertamente, gritamos. Pero cuando nos reprimimos, la misma tensión nos puede dejar súbitamente sin voz o casi afónicos. Tenemos que carraspear para recuperar un tono mínimamente sereno. Podemos sentir un nudo en la garganta y tener que tragar saliva. E igual que nos tiemblan las manos nos puede temblar la voz, no tanto por la ira en sí sino por el esfuerzo que hacemos en reprimirla.  

Observar estos síntomas no verbales de la ira nos puede ser muy útil para saber cómo se siente una persona, qué le molesta, cómo puede reaccionar y qué grado de amenaza representa para nosotros. Desde luego, nuestra actitud influirá decisivamente en el desenlace de la situación.

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