La visibilidad de las mujeres y la comunicación en público

En el ámbito de la comunicación en público, las mujeres aún no han alcanzado los niveles de presencia y reconocimiento que tienen los hombres. Al observar a los oradores en convenciones de empresa, a los ponentes en los congresos o a los conferenciantes estrella en distintos ámbitos profesionales, vemos que la presencia femenina es bastante reducida.

En la actualidad el ejercicio de la profesión está también en manos femeninas, pero siguen siendo los hombres los quien ostenta cargos directivos o de gestión y quien tienen más representación pública y por lo tanto más visibilidad ante la comunidad científica.

La diferencia de sueldos o la desigual participación en los trabajos domésticos son algunas consecuencias de tantos siglos de sociedad patriarcal y educación machista pero también, aunque menos conocida, lo es el miedo a la visibilidad. Cuando hablamos de visibilidad, los hombres todavía juegan con ventaja. Para ellos, ejercer la autoridad y expresar lo que piensan con firmeza son parte de su modo de comunicar.


En los años de experiencia en la formación y entrenamiento de profesionales de ambos sexos, he constatado cómo los miedos y las inseguridades de hombres y mujeres son diferentes. Partimos de la base de que en nuestro país la mayor parte de la población se siente insegura cuando debe dirigirse a una audiencia: es natural si tenemos en cuenta la nula educación recibida en este aspecto. Pero así como ellos tienen miedos derivados de este desconocimiento de la técnica, ellas tienen inseguridades más complejas y no solo relativas a la eficacia de la comunicación.

Ellos se preocupan por ser claros, convincentes, lograr sus objetivos y obtener el reconocimiento profesional consiguiente a una buena intervención.
Para una mujer, hay más factores en juego. En primer lugar, sobre todo si es joven, tendrá que demostrar que está capacitada para ocupar su lugar. Además, siempre planeará la duda de si el público masculino la ve como una profesional o solo como un objeto de deseo. Y por último, querrá comunicar de manera firme y convincente cuando el modelo en casa y la educación recibida le han recomendado siempre que sea discreta, elegante y femenina. A lo largo de la infancia y la juventud se le ha repetido incansablemente que una niña no debe gritar, no debe decir según qué palabras, ni se debe colocar de determinada manera, pues si lo hace, parecerá un muchachote.

Se nos ha insistido en que las mujeres conseguimos las cosas con mano izquierda, que jugamos con astucia, que hacemos de los hombres lo que queremos aunque ellos crean que mandan, pero todo eso se hace disimuladamente, en la sombra. Hemos escuchado cientos de veces la frase: «Detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer». «Detrás» es la palabra clave: nos han enseñado a ocupar puestos secundarios o invisibles, nos han educado para no hacerles sombra, para no robarles el protagonismo y no tener ninguna visibilidad fuera del ámbito familiar y estrictamente social. Podemos llegar a ser necesarias, importantes, pero siempre como apoyo cediéndole los focos a él.

Los cambios sociales y la entrada masiva de las chicas en la universidad nos han hecho creer que las oportunidades ya son las mismas, que nuestras familias nos han educado igual que a nuestros hermanos. Pero podemos decir que la mayoría de profesionales de hoy en día han recibido sin ser conscientes, unos valores que han condicionado su seguridad a la hora de aceptar —o buscar proactivamente— la visibilidad pública, el protagonismo, el liderazgo, el reconocimiento o la autoridad.

Continuamos reproduciendo el rol de «pilares» a la sombra, ejerciendo como técnicas, gestoras o científicas excelentes. Pero a la hora de asumir las responsabilidades propias del líder, el camino ya no es tan fácil.

La mujer profesional de hoy debe tomar conciencia y control de su forma de comunicar en público, para dejar atrás un estilo que a menudo no es el adecuado para la misión que tiene entre manos. Ante cualquier tipo de público, debemos transmitir una imagen profesional, sólida, firme y que inspire confianza. Para que a nadie, ni a una misma, se le pase por la cabeza la más leve sombra de duda sobre sus conocimientos y sus aptitudes.